migracion

Los procesos migratorios suelen verse atravesados por mucha ambivalencia, podemos sentir gran ilusión por el cambio y a la vez temer la pérdida de aquello que se deja atrás.

Con el cambio de lugar de residencia, cambian también las referencias a nuestro alrededor, por lo que el ajuste consecuente se da también en varios niveles. En este artículo pensaremos sobre cómo los desafíos de un proceso migratorio pueden transformar la relación con el trabajo y su impacto en la identidad personal.

La identidad hace referencia al conjunto de elementos que nos constituye y define. No es un concepto unitario y fijo, más bien, es dinámico, pues incluye la posibilidad del movimiento de esos rasgos a lo largo del tiempo; por tanto, tras la migración, muchos de estos elementos pueden experimentar una reorganización.

El trabajo no solo tiene una función práctica, además del sostén económico, forma parte de nuestra identidad y puede ocupar un espacio relevante al definirnos en ese “¿quién soy?”. Para algunos, se trata de un aspecto puramente financiero que permite acceder a otros beneficios; para otros, puede tratarse de un elemento central, incluso de autorrealización. Por ello, tras migrar, la manera de pensarnos puede llegar a cambiar significativamente.

¿Ahora quién soy? ¿Podré adaptarme? ¿Cómo me reconocerán los demás? ¿En qué lugar me desenvolveré mejor? ¿Podré sentirme competente? ¿Qué estoy dispuesto a cambiar? ¿Qué tipo de conocimientos lograré transmitir? ¿Quién quiero llegar a ser? 

Todas estas preguntas suceden mientras nos adaptamos a otros muchos aspectos de la vida: nueva cultura, nuevas rutinas, nuevos espacios, nuevos códigos, quizás un nuevo idioma y, sobre todo, nuevas formas de comprender y desenvolverse en el mundo.

¿Qué caminos pueden cambiar?

  • Un escenario puede ser que el trabajo se mantenga y se ofrezca su continuidad en otro país. En este caso, los retos estarán asociados a la adaptación al lugar, las normas y las personas; ajustar las formas anteriores y desplegar recursos para acomodarse a los nuevos espacios. Contamos aquí con el valor de la trayectoria previa, la experiencia y las destrezas conocidas para seguir con la actividad.
  • Otro escenario puede ser el de un período de transición; no encontrar un trabajo que siga el recorrido previo y/o encontrarse a la espera de procesos de reconocimiento, certificaciones u homologaciones permitirán en un futuro dar continuidad a la labor que se ejercía antes de migrar. Este proceso requiere ajustar las expectativas y buscar formas óptimas de sostenerse en ese entretiempo; bien sea que durante ese período no se trabaje, se elija hacer una formación o se encuentre un trabajo en un nuevo campo, el reto será poder revisar la meta planteada y los pasos para llegar a ella, o bien, valorar posibilidades y redirecciones, cerrar con lo anterior e iniciar un nuevo camino laboral.
  • Un tercer escenario implica renunciar a dar continuar al trabajo previo, valorar la necesidad de reinvención y, por tanto, dar paso a una nueva configuración personal con respecto a la actividad laboral. Puede que el oficio o profesión previa no pueda tener lugar en el nuevo país, o bien, puede que una elección propia indique que ya no se desea continuar ese camino. Dejar atrás esta parte de la identidad previa requerirá ajustes, apertura mental, tolerancia a la frustración y resignificación de aspectos personales, para así iniciar una nueva búsqueda que permita alcanzar otros objetivos. Es común escuchar la sensación de “empezar desde cero”, sin embargo, no debemos olvidar que, a pesar el cambio, contamos con un recorrido valioso que implica habilidades, vínculos, experiencia, conocimientos y una trayectoria que no hay que desestimar; todo ello forma parte del proceso, y poder reconocer los recursos con los que contamos ayudará en la construcción de nuevas rutas.

Todo lo anterior nos hace pensar en la transformación personal que implica la migración, tanto la posibilidad de ir incorporando nuevas oportunidades, ganancias y posibilidades, como el necesario reconocimiento de los duelos que el proceso trae consigo. En ello, reconocemos la pérdida no solo de un puesto de trabajo en concreto, sino de la representación que hemos hecho de nosotros mismos y nuestro desempeño, la imagen, la sensación de competencia, la pertenencia, además considerar los miedos y temores sobre posibles dificultades.

Al cambiar de coordenadas y referentes, perdemos algunos códigos compartidos y adquirimos nuevos, en una apuesta por construir otros lugares internos que abrirán espacio a crear nuevas formas de reconocernos.

Pensar el lugar que el trabajo ocupa en nuestras vidas, admite la ambivalencia de sentir emoción y orgullo por el recorrido y, a la vez, echar de menos alguna imagen previa; pensar sobre esto se vuelve importante, no para que su consideración nos paralice o detenga, sino para reconocer su impacto en nuestra historia.

Migrar nos confronta con una identidad en movimiento que requiere hacerle un lugar para que se posibilite la transformación interna y permita la mejor adaptación posible.

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